Llega el final del día y regreso del mundo, porque acá los bosques han mermado y las flores crecen en lugares insondables. La mesa, iluminada por una triste lámpara blanca, me ofrece de comer. Alimento que ingiero solitario, pensando en nada, porque mi egoísmo impide a veces que agradezca ese privilegio.
Empieza el tecleo cotidiano, el análisis de postulados, la tediosa cotidianeidad de pretender entender los que ya está entendido. La luminosa pantalla del ordenador carcome mis ojos, miro a la calle que se baña en un chorro naranja intermitente. Los fantasmas del mundo recorren las calles vociferando unos, taciturnos otros. De vez en cuando el viento sopla, y mueve los árboles y los nidos en un vaivén placentero y fresco. Pero el viento se va, dejando el calor y diez hojas en el suelo.
Dentro, el chasquido del encendedor prendiendo un cigarro que he cargado durante todo el día. Arrugado, casi sin tabaco, pero al final es la heroína en segundo grado la que me despeja y me hace sentir mejor que sin ella. Cruzo unas cuantas palabras con alguien, sin otro sentido que romper el silencio que a veces mata. Al fondo, el televisor anuncia lo mismo de ayer, lo mismo del día antes de ayer y, lo más probable, lo mismo de mañana. En la distancia, muy lejos, una caricia de alma y de piel, casi inaccesible, casi etérea, pero que quema el espíritu y mueve los días.
Antes solía mirar las estrellas, tirar una tonada al aire. Pero esos eran mis días de infancia, mis días sin responsabilidad, mis días de sueño. Ahora sólo quisiera terminar la teoría, para soñar donde se debe, o donde el mundo exige que se debe, en cama y de madrugada, sin actuar y sin perturbar la rotación terrestre. Ay del ser que pierde la capacidad de maravillarse con la hormiga que levanta cien veces su peso, con la hoja muerta que se la lleva el río, con la pregunta de cuántas gotas de lluvia caen en cada ladrillo en una tarde de mayo, con el intrépido salto de un gato sobre un descuidado y condenado ratón, con una estrella que fugaz y de esporádica manera se precipita a la atmósfera para convertirse en nada. Ay del ser que ya no pide un deseo al alma de una estrella fugaz.
Pensar que se ha consagrado el mayor esfuerzo a la vida, y enterarse que todo ha significado nada... qué frustra-desespera-ción. Contemplar el mundo y la vida como uno de esos dibujos enumerados para darle color y haber perdido el pincel, o no saber contar... ¿acaso debería entonces proceder a pintar con los dedos y del color que quisiera?. Qué vale estar escribiendo estas líneas en este medio vacío de 1000 amigos que jamás conoceré o con quienes jamás cruzaré palabra, sino con unos cuantos. Ay de los días terribles en escala de grises. Ay del mar sin puente, ay del querer distante, ay de los días que se anhelan y que se los ha tragado el tiempo o una realidad sin anhelos. Ay de la guitarra con las cuerdas rotas. La botella ultraja el sentido, pero ensalza el espíritu en versos que no puedo recordar, pero sé que, al menos una noche, afloraron.
domingo, 29 de marzo de 2009
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