martes, 28 de septiembre de 2010

No cambiaría

No cambiaría las tardes innumerables, de rojos matices y dorados destellos. No cambiaría las noches de plata, de azul profundo, de violeta interminable. No cambiaría las estrellas taciturnas sobre las negras ramas entrecruzadas bajo un cielo de azur. No cambiaría el carmín, el fuego, el abrazo, no cambiaría el perfume de sudor real, no cambiaría tu olor de flores en el campo. No cambiaría los hilos sedosos de múltiples colores escondidos en los negros tejidos. No cambiaría tampoco las mejías sonrosadas, ni la piel lactosa ni la risa de jovial e ingenua picardía. No cambiaría las pláticas ni discusiones, las palabras iluminadas por la luz de ojos vivos, más vivos bajo las velas. No cambiaría el descenso de un cuello, suave como las plumas del cisne. No cambiaría los pasos que llevan hasta donde estás, ni las rutas, ni los kilómetros, ni la gente que me topo en cada esquina para poder irte a ver. No cambiaría un sueño con tu nombre, no cambiaría la primera vez, no cambiaría tampoco la noche donde dejé de hacer lo debido para iniciar la ineluctable tarea de quererte, no cambiaría los mates ni el café. No cambiaría el lago, ni el sonido de la lluvia mientras miramos el techo, no cambiaría el “discúlpame” por el sudor de mis manos, no cambiaría las fechas ni los errores, ni los jadeantes paseos en bicicleta, ni las lámparas del parque, ni los rumores de extraños en el caminito que lleva a tu casa, ni el grito del loco, ni la montaña, ni el mar. No cambiaría el espacio donde supimos que cada uno es de ambos. No te cambiaría por nada, pues de perderte, nada es lo único que quedaría.

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